¿Es un individuo, un simple ser humano?, ¿o quizá es o podría ser o habrá sido... un árbol... una gota de rocío, un haz de luz? ¿Un pensamiento?
¿Y qué si fuera un sueño? Pero no un soñador. ¿Podría tal vez ser pensamiento?, pero no un cerebro, y no una mente.
¿Podría simplemente ser? Ser. ¿Pero cuál es el objeto de este angustioso afán de darle nombre a existencias innominadas y revestirlas de solidez, endureciéndolas y deteniendo su libre fluir a través de un universo diferente...?
¿Soy acaso un...? Pero, ¡espera!
Lo primero del conocimiento es: ¿Soy?
Cómo, dónde, cuándo, son cifras inútiles.
Ser... sin tiempo y sin espacio.
—¡Tú estás demente!
¿Lo estoy? Bueno, quizá. Si yo puedo sentir lo que tú no puedes; cuando puedo ver donde tú estás ciego; cuando yo puedo ser y tú sólo puedes tener... entonces sí, ¡oh sí!... ¡estoy demente!
Pero... ¿es que tengo que ser algo? ¿Cómo puedes ponerle una etiqueta a una existencia libre? Encierra a un poeta verdadero entre etiquetas y tendrás un cúmulo de cosas sólidas y pegajosas.
¿El poeta? ¡Ya se fue!
Luego, entonces, ¿qué es un poeta? Quizá es alguien que sabe incognoscibles, cuyo futuro es su pasado, cuando los mañanas son todos ayeres y el tiempo se queda atrás y él está abierto a sí mismo. Y el espacio es el globo sobre el que fluye a través de música y colores...
¡Palabras! ¡Tan pequeñas y sin sentido! Como pequeñas cajas vacías.
Cuando sólo puedes compartir palabras... ¡compartes tan poco! Y, sin embargo, ¡hay tanto que compartir...!
¡Oye! ¡Acabo de encontrar algo nuevo con qué jugar! Es la importancia de todo este revoltijo que se ha vuelto tan importante.
Cuanto más pequeño sea uno, tanto más importante quiere que lo hagan. Cadenas... ¡muy pesadas!
¿Puede encadenarse a un poeta? ¿Sí? Entonces... entonces... ¡ya no es poeta!
Un poeta es una flor abierta; una puesta de sol y una tormenta centelleante. Es una hoja de otoño, la cumbre de una montaña. Una sonrisa, un puente, olor a lluvia. Una ola, un caracol, una canción.
Un poeta es... ¡Soy!